miércoles, 11 de marzo de 2015

Sobre Cien Años de Soledad.



Soy Buendía.
Intentar armonizar alguna idea objetiva sobre García Márquez a veces resulta tarea difícil. Estamos ante a un escritor que se nos presenta con tal ingenio creativo, con tales accesos a la imaginación que no sentir una suerte de desasosiego frente a lo que tenemos de simple, es casi  imposible. No me interesa, en esta oportunidad, el olvido o rescate de la crítica literaria hacia las obras de García Márquez, es ésta una lectura feliz.
            Al leer a García Márquez pienso algunas nomenclaturas que la historia de la literatura ha utilizado para darle nombre a esas características intrincadas en su obra: realismo mágico, lo real maravilloso, latinoamericanidad; no dejo de concebir dichas nomenclaturas como gavetas de carácter lingüístico donde meter un estilo escritural que se escapa de las formas estéticas que nos vienen de fuera y que inaugura una conexión casi mística con la realidad (la más de las veces, fantástica) de nuestro continente.           Es Cien Años de Soledad, la prueba de que las intenciones de Carpentier, Asturias, Uslar Pietri de olvidarse del surrealismo francés y fundar lo real maravilloso desde américa, son posibles en cada una de sus letras.
            Hay una concepción que la crítica, la academia o la existencia misma ha tenido a bien darle a Cien años de Soledad -esa obra a la que García Márquez confesó su odio por soslayar el destino de los demás frutos de su cosecha- y es la de “Clásico  Universal”. Al hablar de clásicos universales son muchos los títulos y autores que se tropiezan en mi memoria, algunos con irrebatible triunfo resuenan inevitablemente: Hamlet, Madame Bobary, Crimen y Castigo, La Odisea, y sobre todo, Don Quijote de la Mancha, digo sobre todo, quizás por ser escrito en la lengua que hace un poco más de quinientos años llegó a nuestras vírgenes tierras acompañada de la Biblia. Y algo tienen como común denominador estas obras para estar secuencialmente nombradas en las más grandes creaciones: a la par de construir una perfección estética en el plano de las letras, logran develar ese cúmulo de glorias y miserias que circundan y componen lo humano. Y vuelvo a Cien años de Soledad, y la pienso y sí. En cada una de las líneas de esta “novela total” (como la llama Vargas Llosa) están entrecruzados y en armoniosa convivencia los colores de la escala cromática de la humanidad. Están, en esta obra de pluma colombiana, los temas universales que no cesarán de decirle verdades a las generaciones de nuestra existencia, que tengan la fortuna de leer la única oportunidad que tuvieron los Buendía de vivir sus cien años de soledad sobre la tierra.
            No alcanzarían investigadores y hermeneutas para descubrir temas de estudio que se puedan desarrollar en esta novela: el tiempo que se muestra circular, y nos recuerda que  es como una serpiente que se muerde la cola, donde inevitablemente terminamos conectados con aquellos que nos fundó; la belleza y su posibilidad de no cabernos en la imaginación, una belleza asociada a la ya extinta concepción de naturalidad femenina; el amor, en casi todas sus bifurcaciones, desde la pureza y la espera hasta los sudores agrarios en hamacas, desde la costumbre de una vida en común hasta la magia de saber que existe porque un vuelo de mariposas amarillas nos persigue, desde los deseos incestuosos hasta la comprobación de que no existe mejor acceso a la muerte que hacerlo por amor en una ventana. Ésta, la muerte, como fundadora  de un pueblo, como la certeza que se tiene frente a un pelotón de fusilamiento de que somos miembros de una finitud impasible, que es capaz de vestirnos de negro hasta las mangas y amarrarnos a un castaño mientras esperamos noticias de guerras, la muerte como esa, la mayor de las soledades. La soledad, esa instancia de silencio que nos hace viajar hacia nosotros mismos y pensar en la amistad como la única salvación posible para no hundirnos ella ya para siempre.
            Para lectores asiduos esta novela sería ese clímax que se tiene por lo menos con cuatro libros al año. Para personas que no han tenido acceso a la literatura, leer Cien años de Soledad sería entrar por la puerta grande, con acceso a todos los recovecos de una casa, que se construye desde la ficción para saludar a la realidad desde ese espejo que intenta reflejarla. Corremos el feliz riesgo de querer habitar allí para siempre.
            Para escribir estas dos páginas, no sin una suerte de temor, fue necesario releer la novela y compruebo que releer Cien Años de soledad es como ser para siempre virgen, es como hacer el amor siempre por primera vez. Soy Buendía, soy una lectora con cola de cerdo. Y en total comunión con Carlos Fuentes, pienso que “He leído el Quijote americano”.  



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