¡Hola! Acá una presentación sobre el realismo mágico y G.García Márque:
http://es.slideshare.net/Brusilada/realismo-mgico-y-garca-mrquez?qid=4eeab646-d6a7-407b-a69a-b798ac0ded43&v=qf1&b=&from_search=1.
miércoles, 11 de marzo de 2015
Entrevista a Jorge L. Borges; por J Soler Serrano.
Hola, acá les dejo un enlace donde pueden escuchar una de las entrevistas que J.Soler Serrano le hizo a nuestro Jorge Luis Borges:
https://www.youtube.com/watch?v=2gu9l_TqS8I .
Espero sus comentarios.
https://www.youtube.com/watch?v=2gu9l_TqS8I .
Espero sus comentarios.
Sobre Cien Años de Soledad.
Soy
Buendía.
Intentar armonizar alguna idea objetiva sobre García
Márquez a veces resulta tarea difícil. Estamos ante a un escritor que se nos
presenta con tal ingenio creativo, con tales accesos a la imaginación que no
sentir una suerte de desasosiego frente a lo que tenemos de simple, es
casi imposible. No me interesa, en esta
oportunidad, el olvido o rescate de la crítica literaria hacia las obras de
García Márquez, es ésta una lectura feliz.
Al leer a García Márquez pienso
algunas nomenclaturas que la historia de la literatura ha utilizado para darle
nombre a esas características intrincadas en su obra: realismo mágico, lo real
maravilloso, latinoamericanidad; no dejo de concebir dichas nomenclaturas como
gavetas de carácter lingüístico donde meter un estilo escritural que se escapa
de las formas estéticas que nos vienen de fuera y que inaugura una conexión
casi mística con la realidad (la más de las veces, fantástica) de nuestro
continente. Es Cien Años de
Soledad, la prueba de que las intenciones de Carpentier, Asturias, Uslar Pietri
de olvidarse del surrealismo francés y fundar lo real maravilloso desde
américa, son posibles en cada una de sus letras.
Hay una concepción que la crítica,
la academia o la existencia misma ha tenido a bien darle a Cien años de Soledad
-esa obra a la que García Márquez confesó su odio por soslayar el destino de
los demás frutos de su cosecha- y es la de “Clásico Universal”. Al hablar de clásicos universales
son muchos los títulos y autores que se tropiezan en mi memoria, algunos con
irrebatible triunfo resuenan inevitablemente: Hamlet, Madame Bobary, Crimen y
Castigo, La Odisea, y sobre todo, Don Quijote de la Mancha, digo sobre todo,
quizás por ser escrito en la lengua que hace un poco más de quinientos años
llegó a nuestras vírgenes tierras acompañada de la Biblia. Y algo tienen como
común denominador estas obras para estar secuencialmente nombradas en las más
grandes creaciones: a la par de construir una perfección estética en el plano
de las letras, logran develar ese cúmulo de glorias y miserias que circundan y
componen lo humano. Y vuelvo a Cien años de Soledad, y la pienso y sí. En cada
una de las líneas de esta “novela total” (como la llama Vargas Llosa) están
entrecruzados y en armoniosa convivencia los colores de la escala cromática de
la humanidad. Están, en esta obra de pluma colombiana, los temas universales
que no cesarán de decirle verdades a las generaciones de nuestra existencia,
que tengan la fortuna de leer la única oportunidad que tuvieron los Buendía de
vivir sus cien años de soledad sobre
la tierra.
No alcanzarían investigadores y
hermeneutas para descubrir temas de estudio que se puedan desarrollar en esta
novela: el tiempo que se muestra circular, y nos recuerda que es
como una serpiente que se muerde la cola, donde inevitablemente terminamos
conectados con aquellos que nos fundó; la belleza y su posibilidad de no
cabernos en la imaginación, una belleza asociada a la ya extinta concepción de
naturalidad femenina; el amor, en casi todas sus bifurcaciones, desde la pureza
y la espera hasta los sudores agrarios en hamacas, desde la costumbre de una
vida en común hasta la magia de saber que existe porque un vuelo de mariposas
amarillas nos persigue, desde los deseos incestuosos hasta la comprobación de
que no existe mejor acceso a la muerte que hacerlo por amor en una ventana.
Ésta, la muerte, como fundadora de un
pueblo, como la certeza que se tiene frente a un pelotón de fusilamiento de que
somos miembros de una finitud impasible, que es capaz de vestirnos de negro
hasta las mangas y amarrarnos a un castaño mientras esperamos noticias de
guerras, la muerte como esa, la mayor de las soledades. La soledad, esa
instancia de silencio que nos hace viajar hacia nosotros mismos y pensar en la
amistad como la única salvación posible para no hundirnos ella ya para siempre.
Para lectores asiduos esta novela
sería ese clímax que se tiene por lo menos con cuatro libros al año. Para
personas que no han tenido acceso a la literatura, leer Cien años de Soledad
sería entrar por la puerta grande, con acceso a todos los recovecos de una
casa, que se construye desde la ficción para saludar a la realidad desde ese
espejo que intenta reflejarla. Corremos el feliz riesgo de querer habitar allí
para siempre.
Para
escribir estas dos páginas, no sin una suerte de temor, fue necesario releer la
novela y compruebo que releer Cien Años de soledad es como ser para
siempre virgen, es como hacer el amor siempre por primera vez. Soy Buendía, soy
una lectora con cola de cerdo. Y en total comunión con Carlos Fuentes, pienso
que “He leído el Quijote americano”.
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